Darwin, o la inmensa humanidad del gran científico

Darwin, o la inmensa humanidad del gran científico

Luis Miguel Ariza | 15:32 – 7/02/2009

 

Darwin

 

Una de las anécdotas menos divulgadas de Darwin que reflejan su carácter liberal en una época victoriana de rígidas constumbras se produjo precisamente a miles de kilómetros de Inglaterra, su país natal.No en vano, hay todo un decálogo sobre los mitos de Darwin.

Antes de alcanzar los treinta años, Darwin ya se había embarcado en un viaje alrededor del mundo, a bordo del HMS Beagle. En un punto del trayecto, el capitán de la nave, Robert Fitz Roy, y Darwin visitaron una plantación de esclavos en Brasil.

Aunque a principios del siglo XIX, concretamente en 1807, el parlamento británico había aprobado una ley que prohibía la esclavitud y el comercio de esclavos, lo cierto es que la venta de seres humanos aún se mantenía en los años 30 de aquel siglo.

La familia de Darwin no era especialmente religiosa y su padre, un buen médico, se había opuesto a la esclavitud con todas sus fuerzas.

El capitan Fitz Roy creía que los esclavos eran toda una suerte de hombres felices de tener un dueño, y por tal motivo, llamó a un trabajador de la plantación, y en presencia de su dueño y de Darwin, le preguntó si era feliz. El hombre no tuvo más remedio que contestar que sí.

Grandes interrogantes

Cuando Fitz Roy argumentó la cuestión con Darwin, el naturalista le respondió con una pregunta sencilla y contundente: ¿cómo puede creer lo que dice un esclavo en presencia de su dueño? El capitán se enfureció, y, de tal orgulloso que era, prohibió a Darwin cenar con él en el barco.

Fitz Roy era un creacionista, y, aunque apreciaba a Darwin, era muy intolerante en sus creencias cuando Darwin empezó a publicar sus conclusiones sobre el viaje, Fitz Roy contraatacó con algunos artículos en los que defendía la creación de las especies.

Lo cierto es que en Darwin cabía perfectamente el ser humano analítico y el emocional. Como casi toda criatura de buena familia en la Inglaterra victoriana, Darwin se había educado en un ambiente de creencias religiosas, pero a medida que fue profundizando en la comprensión de la naturaleza, dejó paulatinamente de creer en la Biblia.

De la vida personal

Se tiene una abundante información, puesto que en la época, las cartas y el correo funcionaban de maravilla, de acuerdo con Tim Berra, profesor de evolución de la Universidad de Ohio, y autor del libro Charles Darwin, historia concisa de un hombre extraordinario.

Darwin era un hombre alto, de 1,80 metros, corpulento, de ojos grises y una gran nariz, y lo anotaba todo. Bajo la mente deductiva del científico se escondía alguien que le encantaban los niños.

Darwin era lo suficientemente generoso para darse cuenta que una vida egoísta dedicada al estudio y el cultivo del intelecto podría ser muy tentadora al principio, si bien, con el transcurrir del tiempo, suponía una condena para convertirse en un solterón empedernido que frecuentaba los clubes sociales como única alternativa a la soledad.

Por entonces, era costumbre buscar esposa o esposo en la familia, por lo que Darwin se casó finalmente con su prima, Emma Wedgwood. Claro que no fue una decisión precipitada.

La escritora Deborah Heiligman, autora de una biografía llamada Charles y Emma, detalla otra anécdota. Antes de tomar la decisión, Darwin enumeró las ventajas de la soltería anotándolas en una columna de su cuaderno, y contrapuso los inconvenientes en la otra. Vamos aquí a citar algunas de ellas:

-Ventajas de no casarse

Libertad para ir a donde uno quiera.

-Vida social. Conversaciones con hombres inteligentes en los clubs.

-sin obligaciones para hacer las visitas familiares y de parientes.

-Sin angustias monetarias para mantener y cuidar de los hijos

Poco tiempo de lectura.

Ventajas del matrimonio

-Niños.

-Compañía constante a medida que uno se hace viejo.

Y lo más chocante:

Casarse era mejor que tener un perro de cualquier manera

A Darwin lo que más le asustaba del matrimonio no eran precisamente los niños, sino el miedo a perderlos. La mortalidad infantil corría rapante en Inglaterra, en una época en la que la medicina aún no conocía la existencia de los antibióticos. Incluso en buenas familias, fallecían uno de cada cuatro o cinco hijos a lo largo del tiempo, y la mortalidad del parto era relativamente elevada, uno de cada 200 nacimientos.

Eso no le impidió a Darwin tener diez hijos. ¡Diez! De los que murieron tres. Darwin se casó el 24 de enero de 1839. Su tercer hijo fue una niña llamada Mary que murió cuando era un bebe. pero la pérdida más devastadora para él fue la muerte de Anne, su hija de diez años, su segunda hija, por culpa de unas fiebres, en el tiempo en el que su esposa, Emma, estaba embarazada y necesitaba de cuidados.

Tim Berra narra en su libro el sufrimiento de Darwin como padre durante la larga agonía de su hija. Lo describe como un padre devoto y terriblemente familiar, muy diferente del envarado estereotipo del cabeza de familia de la Inglaterra Victoriana.

Darwin había presenciado mucho antes, durante su viaje en el Beagle, lo que suponía el dolor de perder a un hijo, en un funeral de nativos en Nueva Zelanda. Tras la muerte de su hija, Darwin escribiría: "Hemos perdido la alegría de nuestro hogar, y el consuelo a nuestra vejez". Se dice que Darwin no derramó una lágrima en el funeral por su hija, y no precisamente porque no la quisiera: no podía soportar el argumento del sacerdote de que la muerte de Anne era el destino que había elegido Dios para ella, o la idea de sufrir por los pecados cometidos.

Lector de la Biblia

Esas pérdidas devastadoras, unida a su capacidad científica, hicieron de Darwin un escéptico religioso. Su mujer, Emma, una mujer de buena presencia tenía una educación exquisita: tomaba clases de piano del mismísimo Federico Chopin, aprendió francés, italiano y alemán, montaba a caballo y esquiaba, e incluso practicaba el tiro con arco.

También era alguien profundamente religioso, y creía en la Biblia. Eso no supuso problemas para que el matrimonio Darwin llegase a buen puerto. El temor de ella era que su marido tuviera finalmente razón, y si lo expuesto en la Biblia no era cierto, podría ocurrir que tras la muerte de ambos, no se reencontraran en el cielo.

Esa unión resultó, de hecho, un crisol perfecto en los que las creencias de uno no chocaban con la ciencia de otro. Aunque pueda parecer excesivamente cursi expresarlo de esta forma, lo cierto es que fue el amor sincero que ambos se profesaron lo que sobrevoló en principio obstáculos insalvables, pues la ciencia y la fe no pueden mezclarse, como ocurre con el agua y el aceite. Prueba de ello es una carta que Darwin escribió en 1876, en la que narraba que jugaba con su esposa al backgammon cada noche, y contaba felizmente el número de partidas ganadas por él (2.795) frente a las de su esposa (2.490).

 

 

 

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