A la esposa Darwin le angustiaba pensar que quizá su marido no compartiría con ella la vida eterna

 

27/1/2009  ANIVERSARIO DEL PADRE DE LA TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN | EL TEMOR DE LA SEÑORA DEL NATURALISTA

 

A la esposa Darwin le angustiaba pensar que quizá su marido no compartiría con ella la vida eterna

 

  1. • Varios libros escrutan la relación conyugal del genial científico

 

Dietario de Emma. Foto: EL PERIÓDICO

 

 

Emma Darwin.

 

 

La página en la que figura la anotación de la hora de la muerte de Charles Darwin. Foto: EL PERIÓDICO

 

RAFAEL TAPOUNET
BARCELONA

 

Como muchas otras mujeres de su misma época y condición social, Emma Darwin (1808-1896), la esposa del totémico naturalista que alumbró la teoría de la evolución, tenía unos pequeños dietarios de bolsillo en los que consignaba, mediante notas escuetas, diversas incidencias de su vida cotidiana, desde las visitas de parientes y conocidos hasta las medicinas que había que administrar a los miembros de la familia que caían enfermos (lo que, en el caso de su ilustre marido, ocurría con lastimosa frecuencia).

 

También las obras de caridad, las salidas al teatro y las visitas al dentista. Emma estrenó su primer diario en 1824, cuando tenía 16 años y todavía se apellidaba Wedgwood, y no dejó de referir sus peripecias hasta prácticamente el fin de sus días. En la página correspondiente al 19 de abril de 1882 se limitó a escribir una cifra: "3 1/2". Tres y media. La hora en que murió Charles Robert Darwin.

La anotación es mínima, pero revela algunos de los rasgos de la personalidad de Emma –la pulcritud, la sobriedad, la precisión– que llevaron al escrupuloso Darwin a elegirla como compañera. Fue la suya una elección científica en el sentido amplio de la palabra; antes de tomar la decisión de desposarse, el naturalista redactó un texto en el que exponía las ventajas y los incovenientes del vínculo matrimonial.

 

Entre los pros incluyó un argumento peculiar: una esposa, escribió, "es, en cualquier caso, mejor que un perro". Podía haber añadido otro: Emma Wedgwood era su prima hermana y si se casaba con ella tendría un pariente menos al que visitar. La obligación de visitar a los familiares era algo que le disgustaba profundamente.

La conmemoración en el 2009 de los 200 años transcurridos desde el nacimiento de Darwin y de los 150 de la publicación de El origen de las especies está sirviendo para iluminar hasta el último rincón de la vida del padre de la teoría de la evolución, incluido, por supuesto, el ámbito doméstico. El escrutinio ha alcanzado de lleno también a la que fue su esposa.

 

Nacida en el seno de una familia acomodada y liberal, Emma Wedgwood se casó con su primo en 1839, cuando ella ya tenía 30 años, una edad avanzada para la época, y aun así tuvo tiempo de darle 10 hijos, de los cuales sobrevivieron siete.

Desde hace algún tiempo, los dietarios de la señora Darwin (una sesentena) pueden ser consultados en internet gracias al monumental proyecto Darwin Online, cuya web (darwin-online.org.uk/) contiene todas las publicaciones del científico y más de 20.000 documentos privados, así como numerosos artículos y una extensa bibliografía.

Entre el ingente material incluido figura el recetario de cocina de Emma, del que se han servido las escritoras Dusha Bateson y Weslie Janeway para publicar Mrs Charles Darwin’s recipe book, un libro que acaba de aparecer en el Reino Unido y que presenta algunos de los platos preferidos del naturalista, como los champiñones a la parrilla y el hojaldre de queso.

 

No recoge, sin embargo, los animales extraños que, llevado por su curiosidad extrema, Darwin comió a lo largo de su vida (halcones, pumas, armadillos, búhos e iguanas, entre otras especies).

De naturaleza bien distinta es otra novedad reciente, Charles and Emma. The Darwin’s leap of faith, un libro de Deborah Heiligman destinado a los lectores jóvenes que explora diversos aspectos de la vida del matrimonio y se centra en un episodio de particular importancia: el conflicto que la firme ortodoxia cristiana de la esposa supuso para el científico a la hora de plantear una explicación del mundo en la que Dios dejaba de ser necesario.

Una carta conmovedora

Esa discrepancia religiosa no fue suficiente para abrir una brecha en la pareja. Heiligman coincide con otros autores que han estudiado la cuestión al destacar el tacto y la discreción con que Emma expuso siempre sus temores, pese a que le atormentaba la idea de que, al alejarse de la fe religiosa, su marido se condenara y no pudieran compartir la eternidad.

 

Así se lo hizo saber en una célebre carta que le envió poco después de contraer matrimonio: "Sería muy desdichada si pensara que no nos pertenecemos el uno al otro para siempre". La misiva conmovió profundamente a Darwin —"cuando muera, sabed que he besado esta carta y he llorado por su causa muchas veces", escribió al pie de la nota–, pero no le hizo renunciar a exponer sus revolucionarios hallazgos. Eso sí, en adelante expresó su posición respecto a la religión con una calculada ambigüedad.

La personalidad de la señora Darwin fue el eje de una conferencia que la presidenta de la Secció Catalana de Comunicació Científica, Mercè Piqueras, pronunció el pasado miércoles en la Sala Pi i Sunyer del Institut d’Estudis Catalans (IEC). En el curso de la disertación, Piqueras propuso que las recetas incluidas en el libro de cocina de Emma se utilizaran para preparar un banquete que recreara los ágapes en casa del naturalista. "Sería –dijo– una buena manera de celebrar el Año Darwin". De entre el público surgió una voz de mujer: "Bien, pero, ¡ni se os ocurra poner sopa de tortuga en el menú!".

 

 

 

 

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