Los gorriones de la isla Merrit ya no existen

 

Los gorriones de la isla Merrit ya no existen

 

En peligro de extinción

 

El último. En Estados Unidos, como en todas partes, prevenir la extinción requiere de la preservación de un hábitat sano: el objetivo de la célebre y desdeñada Ley para Especies en Peligro de Extinción.

 

Extinguiéndose casi sin que alguien lo notara, las 3 000 parejas de gorriones costeros –encontradas principalmente en la isla Merritt de Florida– desaparecieron cuando su hábitat de pantanos salados fue rociado con DDT y utilizado para el programa espacial. El último murió en 1987.
Foto de Joel Sartore

 

Gorrión de la isla Merrit, Ammodramus maritimus nigrescens

Los gorriones de la isla Merrit ya no existen Ammodramus maritimus nigrescens. El lugar de reposo eterno del último gorrión costero es una botella de vidrio en la Colección Ornitológica del Museo de Historia Natural de Florida. El ave tiene los ojos cubiertos y las plumas erizadas por el efecto del alcohol que casi llena la botella. Una etiqueta de papel señala que el pájaro, un macho viejo, murió el 16 de junio de 1987. Tres años y medio después, apareció una entrada lacónica en el Federal Register: anunciaba que el gorrión costero negruzco estaba extinto y había sido eliminado de la lista del gobierno federal de animales silvestres en peligro de extinción o amenazados. Su hábitat –las marismas de la isla Merritt de Florida, también hogar del Centro Espacial John F. Kennedy– ya no sería protegido por la Ley para Especies en Peligro de Extinción.

¿Qué fue lo que mató a los gorriones de la isla Merritt? En pocas palabras, las mejoras. Nadie se lo comía ni lo cazaba por deporte. Sus nidos no fueron destrozados ni fue presa repentina de un predador recién introducido. Pero con las fumigaciones con DDT para controlar a los mosquitos y la construcción de embalses que permitieron a la vegetación de agua dulce sustituir a las marismas, los humanos modificaron el ecosistema –con la esperanza de mejorar sus vidas– y descubrieron, demasiado tarde, a qué grado estaba compenetrado el gorrión costero con su hogar en los herbazales. Así es como se ve una especie cuyo hábitat ha desaparecido, como ese último gorrión embotellado.

 

Pez flechero, Percina tanasi

Durante 35 años, desde que Richard Nixon la promulgara en diciembre de 1973, la Ley para Especies en Peligro de Extinción ha sido una especie de casa biológica, de custodia legal para las formas de vida en riesgo de desaparecer. En cierto modo, sería más preciso llamarla Ley para Especies y Hábitats en Peligro de Extinción, pues su objetivo es proteger especies, identificándolas y luego protegiendo su hábitat: los bosques de árboles milenarios para el búho manchado, el río Little Tennessee para el pez flechero. La ley ha causado controversia desde el principio, no porque trata de salvar plantas y animales silvestres, sino porque también lo intenta con los hábitats que estas necesitan para sobrevivir. Por lo general –y aquí surge el problema–, esto significa evitar que los humanos alteren esos ecosistemas.

En 1973 se aprobó una ley concisa y decidida. Pedía a todos los departamentos y agencias del gobierno federal que trabajaran explícitamente para proteger las especies en peligro de extinción y amenazadas. Le exigía al gobierno federal su cooperación con los gobiernos estatales para ese fin y prometía que Estados Unidos cumpliría los múltiples tratados internacionales de conservación de especies. En cierto sentido, era la declaración de derechos para los demás seres vivientes.

En 1973 había casi 100 millones de estadounidenses y 2800 millones de personas menos en el mundo. Los científicos apenas comenzaban a imaginar el cambio climático y su efecto en animales y plantas de la vida silvestre, con la magnitud que ahora se proyecta. Uno tras otro, los informes –sobre la pérdida de hábitat, la deforestación, el saqueo de las reservas de peces de los océanos, la caída en picada de poblaciones de aves migratorias– indican que el panorama para muchas especies, quizá todas, es mucho peor que hace 35 años.

Sin embargo, la ley se ha vuelto un campo de batalla. Esto se debe, en parte, a que ha creado un conflicto entre el derecho a administrar y desarrollar la propiedad según lo quiera el propietario y la necesidad de proteger el hábitat, que es crucial para cualquier especie en peligro de extinción que viva en él. No hay confusión en cuanto a las serias intenciones de la ley: prohíbe “perjudicar” a cualquier especie en peligro de extinción y la destrucción de su hábitat, incluso en propiedad privada. Algunos terratenientes sienten que esta disposición viola sus derechos legales, y han llevado su disputa hasta la Suprema Corte, donde la mayoría ha perdido.

Pero la ley no ha sido revalidada –su financiamiento es para varios años– desde fines de la década de 1980, y más bien subsiste por asignaciones anuales solicitadas por el Departamento del Interior. La administración de Bush hizo lo posible para ponerla en riesgo, al disminuir sus fondos y politizar las evaluaciones científicas que determinan el estatus de una especie en riesgo. Cuando este artículo entre a imprenta, sólo 64 especies se habrán incorporado a la lista en los casi ocho años que George W. Bush ha estado en la Casa Blanca. Durante los cuatro años de su padre, el total fue de 235.

No es fácil añadir una criatura a la lista. A veces, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre o el Servicio Nacional de Pesca Marina proponen una; otras veces lo hace el público o un grupo conservacionista. Para ser candidata, una especie debe pasar por una revisión científica y un periodo de debate público. Una de las adiciones recientes –el oso polar, que recibió el estatus de especie amenazada en mayo pasado– deja ver algunas de las dificultades inherentes. El hábitat del oso polar se reduce debido al cambio climático, pero también lo ha afectado la prisa por explotar el Ártico en busca de minerales y petróleo. Dirk Kempthorne, secretario del Interior, sólo lo incorporó en la lista después de que un tribunal federal lo obligara, y luego de calificar a la Ley para Especies en Peligro de Extinción como “tal vez la menos flexible que el Congreso ha promulgado”. En sus últimos meses, el gobierno de Bush propuso cambios regulativos que destruirían la ley, al permitir que fueran las agencias federales, no los científicos, quienes decidieran proteger o no una especie.

En la actualidad, 1050 especies en Estados Unidos y sus aguas limítrofes están en peligro de extinción. Otras 309 aparecen listadas como amenazadas, o tal vez en peligro en el futuro inmediato. Existen planes de recuperación –estrategias para restaurar las poblaciones menguantes– para la mayoría de ellas, incluidas medidas como adquirir las playas de anidación de las tortugas caguama del Atlántico o restaurar los hábitats de los pantanos de la serpiente acuática de vientre cobrizo. Pero sólo se ha designado el hábitat crítico de 250 especies. En lo que se refiere a la recuperación real, los números no son alentadores. Desde 1973, sólo 39 especies estadounidenses se han eliminado de la lista de en peligro de extinción o amenazadas. Nueve se extinguieron y 16 se eliminaron cuando salieron a la luz pruebas de que una especie listada en realidad no estaba en peligro. Sólo 14 se han recuperado lo suficiente para salir de ella. Mientras tanto, hay 300 candidatas para ser incluidas, desde el trigo sarraceno de Las Vegas hasta la mariposa azul de Miami.

Sus críticos dicen que esas cifras demuestran lo ineficaz de la Ley para Especies en Peligro de Extinción, pero también son prueba de la inercia económica y política que ha enfrentado. Hay otras maneras de medir su éxito. ¿Cuántas especies habrían desaparecido sin ella? Tal vez la mejor medida del valor de la ley es la controversia misma que genera, el hecho de que le da publicidad a las especies en peligro y nos ayuda a ver las consecuencias no deseadas de nuestros actos. Nos recuerda que lo que parecen simples decisiones económicas –construir un fraccionamiento, licitar nuevas perforaciones o plantar más maíz para producir etanol– deben considerarse dentro de la gran economía de la naturaleza, donde muchas vidas están en la cuerda floja.

Algunas criaturas son tan icónicas que es fácil ver por qué nos tomamos la molestia de salvarlas. El águila calva fue eliminada de la lista en 2007 porque sus cifras en los 48 estados continentales de la Unión Americana (sin contar Hawai ni Alaska) se recuperaron con éxito: de menos de 500 parejas reproductoras en 1963 a unas 10000 en 2007. Una población del oso pardo –en el Parque Nacional de Yellowstone– salió gracias a su recuperación. Lo mismo ha sucedido con especies admirables, como el halcón peregrino y el caimán americano.

 

Ostra ojo de Higgin Lampsilis higginsii

 

¿Pero qué sucede con la mosca de las flores de las dunas Delhi, un insecto de dos centímetros y medio que sólo vive en unos cuantos lugares en los condados californianos de Riverside y San Bernardino? ¿O con los 165 escarabajos tigre que sobreviven en los rincones de algunos pantanos salados cerca de Lincoln, Nebraska? ¿O con las grullas americanas, de las cuales quedan unas 25 parejas reproductoras? ¿O con la ostra ojo de Higgin, alguna vez tan extendida y ahora reducida a unos cuantos pozos en el río Mississippi? ¿Y qué con un pájaro costero como el playero canuto, el cual no está listado federalmente pero se encuentra en franca disminución debido a la cosecha excesiva de su principal fuente alimenticia, los cangrejos bayoneta?

 

 

Playero canuto, Calidris canutus

Mucha gente no ha oído de estas criaturas, y mucho menos las ha visto. Sin atractivo inmediato además de su propia belleza, sólo representan su propio modo de vida, dificultado por el desarrollo, la contaminación o la difusión de especies invasoras.

Luego de 35 años, ha quedado claro que la Ley para Especies en Peligro de Extinción en realidad es una prueba: no sólo para ver si podemos hacer todos los trámites científicos, burocráticos y legales con la rapidez suficiente para tener un efecto positivo en las miles de especies en riesgo. Es una prueba de prioridades que el presidente recientemente electo y su gobierno deberán enfrentar. Ahora que conocemos las dificultades políticas que implica proteger a las especies en riesgo, ¿volverá el país a comprometerse con la misma franqueza e idealismo de 1973?

 

Grulla americana, Grus americana

 

Una y otra vez, la batalla por listar especies –otorgándoles la protección de la ley– se reduce a las decisiones que tomemos en nuestras vidas cotidianas. Por ejemplo, incluir al urogallo de las artemisas impediría el desarrollo de gas natural y carbón en Wyoming. Pero podríamos compensar estas pérdidas de producción ahorrando energía, algo que de cualquier manera deberíamos hacer para retrasar el cambio climático. Parece una paradoja. Agregar nuevas entradas a la lista de especies en peligro de extinción requiere del esfuerzo conjunto de científicos, legisladores, conservacionistas y ciudadanos comunes. Pero a la larga, lo que salva a las especies son la prudencia humana y la capacidad de equilibrar nuestras necesidades con las del resto de las vidas de este planeta.

No hay manera de adivinar cuánto tiempo sobrevivirá nuestra propia especie, pero algo es cierto: mientras mejores oportunidades de supervivencia tengan las plantas, animales e insectos que están en peligro de extinción–, mejores serán las nuestras.

 

 

 

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