Sí, fuimos nosotros

 

PALEONTOLOGÍA

 

Sí, fuimos nosotros

 

 

 

 

PEREZOSO GIGANTE DEL CARIBE

 

Cuando investiga un crimen, lo que le gustaría tener al juez es la prueba que incrimina al autor, la ‘pistola humeante’. Pero como es sabido, pillar al delincuente con las manos en la masa es difícil.

 

El mismo problema tienen los científicos. Los paleontólogos, por ejemplo, llevan tiempo buscando el motivo que provocó la extinción de la gran fauna del Pleistoceno, los gigantescos mamíferos que poblaron los continentes durante los últimos millones de años y que desaparecieron en un lapso de tiempo comparativamente rápido que terminó al final de la última glaciación, hace unos 14.000 años.

 

La crisis de aquella megafauna, compuesta entre otros por perezosos de cuatro metros, camellos del tamaño de elefantes, canguros como caballos y los conocidos mamuts, coincidió con la dispersión por el planeta de un nuevo protagonista, el ‘Homo sapiens’. No es sorprendente que muchos autores culpen a aquellos hábiles cazadores, dotados de inteligencia y capacidad social, de ser los responsables del delito. Pero faltaban pruebas y siempre se esgrimían otras teorías, como cambios en el clima y la vegetación que hubieran podido diezmar la fauna.

 

Ahora, por fin, los investigadores están empezando a encontrar la ‘pistola’ ‘humeante’. Y, como era de temer, estaba en manos del ser humano. El pasado agosto, varias revistas científicas han publicado estudios sobre el Pleistoceno que señalan al ‘Homo sapiens’ como responsable de las extinciones.

 

La mejora de los métodos de datación de restos fósiles está sirviendo para ajustar las fechas y completar el puzzle de nuestra primera historia. Eso es lo que ha ocurrido con la investigación que más ha dado que hablar en los medios especializados este verano y que ha permitido probar que parientes gigantes del canguro, extintos en Australia, sobrevivieron en la vecina isla de Tasmania unos miles de años más hasta que llegaron los primeros humanos.

 

El estudio refuta precisamente una de las coartadas de quienes defendían al hombre de la acusación. Se sabía que Australia estuvo poblada hasta hace más o menos 46.000 años por grandes marsupiales, pero la imprecisión de los datos impedía saber si se extinguieron antes o después de la llegada de los primeros aborígenes. Un cambio ambiental pudo acabar con aquella megafauna australiana, se argumentaba.

 

La pelota ha estado en el tejado de los casos sin resolver hasta el trabajo sobre Tasmania publicado el 11 de agosto en la revista estadounidense ‘PNAS’ (‘Proceedings of the National Academy os Sciences’). Los científicos, de universidades británicas y australianas, han fechado con precisión los restos de los primeros asentamientos humanos y los de la gran fauna extinta de Tasmania y, además, los han cruzado con el estudio de sedimentos lacustres que permiten estudiar los cambios climáticos en la zona. Las conclusiones son rotundas.

 

El clima de Tasmania cambió hace 127.000 años y lo hizo de nuevo hace 15.000, pero en el periodo intermedio se mantuvo estable y con el mismo tipo de flora. Esto permitió la supervivencia de varias especies de grandes mamíferos, entre ellos dos tipos de canguro de unos 500 kilos con hábitos similares a los del rinoceronte y el perezoso; otros tres marsupiales herbívoros de unos 150 kilos; un carnívoro marsupial y, además, una especie de ornitorrinco gigante.

 

Entonces, hace 43.000 años, un descenso en el nivel de los océanos conectó Tasmania con Australia, situada apenas a 240 kilómetros, lo que permitió la llegada a pie de los primeros pobladores. Acto seguido, según el estudio, sin que ocurriera ninguna alteración en la vegetación indicativa de un cambio climático, la gran fauna desapareció. Los investigadores han probado fehacientemente que uno de esos canguros de media tonelada (‘Protendonom anak’) convivió con el hombre unos 2.000 años antes de desaparecer.

 

Hay que tener en cuenta que las extinciones más notables del Pleistoceno son la de la gran fauna de América hace 13.000 años y la de Australia hace unos 50.000, ambas coetáneas del arribo humano a los respectivos continentes. Pero la extinción americana coincide con el fin de la última glaciación, por lo que los expertos no se ponen de acuerdo sobre si el causante fue el hombre, el clima o una suma de ambos. El estudio realizado en Tasmania ha despejado esas dudas para el hemisferio sur, hasta el punto que el autor líder de la investigación, Chris Turney, de la Universidad de Exeter, ha declarado: «Es triste saber que nuestros ancestros tuvieron un papel tan importante en la extinción de estas especies y más todavía cuando sabemos que esa tendencia continúa en nuestros días».

 

Una de las eminencias mundiales en el estudio de la historia humana en relación con el medio ambiente, Jared Diamond, ha publicado un comentario a esta investigación en la prestigiosa ‘Nature’. En su artículo, el autor de ‘Armas, gérmenes y acero’ (Debate) recuerda que Nueva Zelanda vivió algo similar ya en tiempo histórico. La isla estuvo desierta hasta el desembarco de los primeros maoríes en el año 700 de nuestra era. Los aborígenes se encontraron con las moas, aves no voladoras de hasta tres metros de altura, que cazaron sin descanso hasta aniquilarlas hacia el año 1400.

 

Australia, Nueva Zelanda, quizá América… ¿Por qué, sin embargo, África y Eurasia han conservado parte de sus grandes animales hasta nuestros días?, se pregunta Jared Diamond. Porque su fauna evolucionó junto a los homínidos cazadores, aprendiendo a cuidar las distancias. Fue la llegada de los nuevos y hábiles ‘sapiens’ a territorios poblados por animales que no habían aprendido a verlos como depredadores lo que causó su extinción.

 

En un mundo que vive ahora mismo una acelerada pérdida de especies, resulta importante saber lo que ocurrió y lo que se perdió en el pasado. Porque la civilización habría sido muy diferente si los primeros humanos hubieran aplicado una gestión de recursos distinta a la del expolio y la aniquilación, defiende Diamond.

 

OTROS ESTUDIOS

 

 

 

 

 

‘Tridacna costata’

 

LAS ALMEJAS EN EL MAR ROJO

 

Lo que el hombre se comió. Hay que remontarse 110.000 años para entender lo ocurrido con ‘Tridacna costata’, una almeja de unos 30 centímetros del Mar Rojo. Claudio Richter, del Instituto Alfred Wegener alemán, ha hallado los primeros ejemplares de esta especie, muy abundante en el pasado y que se creía extinta. En un artículo publicado en agosto en ‘Current’ ‘Biology’ sostiene que, cuando el hombre salió de África siguiendo la costa, se alimentó de este tipo de moluscos hasta alterar por completo su distribución.

 

EL CABALLO EN ALASKA

 

Caza humana. Un artículo publicado en 2006 en ‘PNAS’ por Andrew Solov, David Roberts y Karen Robbirt afirmaba que los caballos prehistóricos americanos pudieron extinguirse por la caza hace unos 10.000 años y no por el cambio climático como hasta ahora se creía. Tras fechar por medio de técnicas más exactas los restos fósiles de équidos primitivos encontrados en Alaska, los autores señalan que el debate entre una y otra causa está abierto. Como es sabido, América no volvió a ver caballos hasta la llegada de los españoles.

 

EL PEREZOSO GIGANTE DEL CARIBE

 

Las islas no se salvaron de la llegada del hombre. David Steadman, de la Universidad de Florida, y su equipo publicaron en ‘PNAS’ un artículo científico sobre la desaparición de los grandes perezosos terrestres en Cuba y en la isla de Santo Domingo coincidiendo con la llegada de los primeros indígenas hace 4.400 años. En el continente, sin embargo, los perezosos gigantes perecieron antes, también con la llegada del hombre. Actualmente, en el mundo sólo quedan pequeños perezosos arborícolas, no la especie superpesada del Pleistoceno.

 

 

 

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